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Bienestar emocional e intensidad emocional en las altas capacidades

malas notas

Al final de cada trimestre nos encontramos con el temido o ansiado boletín de calificaciones y, en ocasiones, con las malas notas de nuestros hijos. Es el momento en el que, supuestamente, conocemos los resultados del aprendizaje de todo un trimestre. Sin embargo, aunque la normativa educativa actual establece que la evaluación debe ser cualitativa y centrarse en el progreso real del alumnado, seguimos anclados en la calificación numérica, que poco o nada nos dice sobre lo aprendido y que termina encasillando a nuestros hijos en simples números.

Asociar un número a un niño o una niña no solo resulta reduccionista, sino que puede condicionarlo profundamente. Las calificaciones dejan fuera aspectos esenciales como las capacidades, el esfuerzo, el tiempo de estudio, el aprendizaje real, el interés, la socialización o la gestión emocional, y continúan priorizando la memoria frente a procesos mucho más complejos.

El impacto emocional de las notas en el aprendizaje

Una reflexión especialmente reveladora surge cuando una compañera afirma que las notas son “las drogas de las familias” y que los docentes actuamos como intermediarios. Esa frase resume muy bien cómo un simple número puede eclipsar todo lo demás. Cuando llegan las notas por debajo de lo esperado o los suspensos, el foco se desplaza rápidamente del aprendizaje al castigo, como si la sanción fuera la vía para mejorar el futuro académico de nuestros hijos.

En este punto, es imprescindible detenernos y comprender que el bienestar emocional no es un añadido al aprendizaje, sino su base. En el alumnado con altas capacidades, esta relación es aún más intensa, ya que viven el error, la frustración y la expectativa externa de forma especialmente profunda.

Castigo y consecuencia no son lo mismo

Para poder acompañar de manera adecuada, es fundamental diferenciar entre castigo y consecuencia. El castigo busca sancionar una conducta para evitar que se repita, pero no enseña ni ayuda a comprender el origen del problema. Suele ser arbitrario, poco relacionado con el error cometido y genera emociones como vergüenza, frustración o rebeldía, dañando la relación entre adultos y menores. Además, fomenta una obediencia superficial que va en contra del desarrollo del pensamiento crítico.

La consecuencia educativa, en cambio, tiene un propósito formativo. Está vinculada directamente a la conducta, ayuda a entender las repercusiones de las propias acciones y favorece la responsabilidad, la autorregulación y la reflexión. Su enfoque es a largo plazo y se apoya en una relación basada en el respeto y la confianza.

Cuando aparecen las malas notas, qué está ocurriendo realmente

Tener malas notas no es una decisión voluntaria en la mayoría de los casos. Nadie quiere fracasar ni ser señalado. En edades tempranas, las buenas notas suelen asociarse al éxito personal, y en la adolescencia entran en juego otros factores igualmente complejos. Para poder responder de forma adecuada, es necesario analizar el origen de la situación desde una mirada amplia.

Las causas suelen ser multifactoriales. Pueden existir dificultades en las técnicas de estudio, falta de constancia o hábitos poco consolidados, dificultades de aprendizaje, rechazo hacia la escuela o una asignatura concreta, conflictos con el profesorado o la familia, aburrimiento que deriva en desconexión, procrastinación, intereses alejados del currículo o la búsqueda de aceptación social, especialmente en la adolescencia. En el caso del alumnado con altas capacidades, el aburrimiento, la falta de reto y el desajuste educativo tienen un peso especialmente relevante.

El bienestar emocional como base de la relación familiar

Nuestros hijos necesitan tener la certeza de que nuestro afecto no depende de sus notas. No los queremos más ni menos por sacar mejores o peores resultados académicos. El estudio es solo una faceta de la persona y no determina el éxito futuro en la vida. Lo que sí resulta determinante es la educación integral y emocional que reciben en casa.

Sin embargo, uno de los castigos más habituales sigue siendo retirar regalos o actividades significativas para ellos. Si lo analizamos con calma, comprobamos que estas medidas rara vez ayudan a aprender y suelen generar dinámicas negativas que dañan la autoestima y la motivación.

Cómo acompañar desde la consecuencia educativa

Acompañar no significa no intervenir. Significa hacerlo de forma educativa y consciente. El primer paso es sentarse con ellos y analizar juntos los resultados obtenidos, el tiempo real de estudio, las técnicas utilizadas, la constancia, la actitud en clase y el grado de autonomía. Es importante que tomen conciencia de su responsabilidad, no desde la culpa, sino desde la comprensión de su propio proceso. Este análisis debe quedar por escrito, ayudando a ordenar la reflexión.

Una vez identificadas las causas, es necesario proponer medidas de reparación ajustadas a cada situación y realizar un seguimiento conjunto. Los niños no aprenden a mejorar solos, necesitan acompañamiento. Tras este análisis, es fundamental dejar a un lado la culpabilidad y reforzar la confianza y el amor propio, poniendo el foco en los avances y no solo en los errores.

La consecuencia debe existir, pero debe ser coherente con el objetivo educativo. Suspender implica aprender aquello que no se ha aprendido, no como castigo, sino como oportunidad. Estudiar con esfuerzo, de forma autónoma y con acompañamiento, mientras otros descansan, puede ser una consecuencia educativa muy potente. Aprender no ocupa lugar, al contrario, fortalece conexiones que permanecen. Ver vídeos, elaborar esquemas, conversar sobre los contenidos, buscar juegos o recursos motivadores son formas de aprender desde el interés y el vínculo.

Acompañar la intensidad emocional sin castigar

El proceso no es lineal. Habrá avances y retrocesos, enfados, frustraciones y momentos de cansancio. Educar es una tarea exigente y constante. En el caso del alumnado con altas capacidades, la intensidad emocional hace que todo se viva con mayor profundidad, por lo que el acompañamiento respetuoso resulta clave.

Si queremos que nuestros hijos mantengan una relación de confianza con nosotros en la adolescencia y la adultez, especialmente cuando son aacc o presentan perfiles desafiantes, debemos tenerlo claro: las consecuencias educativas acompañan y construyen. Los castigos, no.

Espero que esta reflexión te haya resultado útil.

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